El Giro salva el infierno en el culto a Pantani

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Marco Pantani jamás llamó papá a su padre. No le gustaba el nombre que tenía, Ferdinando, y lo bautizó como Paolo. Y con Paolo se quedó el hombre como marido de Tonina, la mujer que regentó un puesto de piadinas en el centro del bellísimo Cesenatico. Las piadinas son como unas pequeñas pizas que se comen en la calle, sino llueve como hoy en la ciudad de El Pirata, entregada a su fe, como un hijo al que le perdonan los pecados. Cesenatico es Pantani y Pantani es Cesenatico.

De buena mañana, antes de que los rayos y truenos se apoderasen de los paisajes de Pantani, los padres del que fuera mito del ciclismo italiano, muerto en el 2004, eran tan o más protagonistas que los ciclistas del Giro. Se fotografiaban junto a uno de los monumentos levantados en su honor. En Cesenatico se le recuerda en cada esquina, en cada escaparate, en todos lados cuelga su figura y algunos chavales que pasean en bici lo hacen con el maillot del Mercatone con el que El Pirata ganó el Tour (el tristemente del dopaje) y un Giro que pudieron ser dos si no lo traiciona la sangre en Madonna di Campiglio, adonde subirá el Giro el miércoles, si no lo impide la nieve, o el covid, que los enemigos están por todos lados.

Pero Pantani, hoy, se habría retorcido de rabia porque en una etapa creada como culto a su figura –en la RAI, por ejemplo, casi hubo más imágenes de las hazañas de El Pirata que de los protagonistas del Giro–, en una jornada que podía dar un vuelco a la general, nada menos que ocho subidas, nadie se movió entre los favoritos, paralizados, más de frío que de miedo. Mal día para andar en bici. El viento movía las ramas de los árboles, que todavía mojaban más los cuerpos de los ciclistas, los que buscaban chubasqueros, los que tiritaban de frío y los que dejaban para otro día, Domenico Pozzovivo incluido, el que por lo menos dio la intención de que algo iba a probar, la pelea en la general, sin cambios, que domina el joven portugués Joâo Almeida, por delante del neerlandés Wilco Kelderman y el vizcaíno Pello Bilbao.

Tan malo era el día que hasta las bicis, como la de Bilbao, se escacharraban en pleno combate, en un pelotón de figuras que perdía muchos componentes, los que tumbaban los elementos tan huraños, que se han propuesto recordar cada día, prácticamente desde que se abandonó la calurosa Sicilia, que estamos en otoño, de que se corre en esta época por culpa de una pandemia que lo complica todo.

El Giro volvió a ser territorio ecuatoriano, porque Jhonatan Narváez, el mismo que entrenaba en un julio sin Tour por las cumbres de Andorra junto a su compatriota y compañero de equipo Richard Carapaz, levantó los brazos en Cesenatico y señaló el cielo de Pantani con uno de sus dedos.

Demasiada agua, demasiado frío y muchas ganas de dejar para otro día lo que se podía haber hecho para hacer más  grande el homenaje a Pantani, en su Cesenatico natal. Un día que pudo marcar historia en una ronda italiana que vive pendiente ahora de la contrarreloj del sábado y de la que debe ser trascendental subida a Piancavallo, la estación donde esquían los venecianos, que no todo son canales y góndolas, y donde precisamente ‘El Pirata’ comenzó a trazar el camino para ganar el Giro de 1998.

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