Almeida se crece vestido de rosa

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Los padres no pueden ver ni besar a sus hijos. El amor se debe transmitir a distancia. Ellos sí pueden admirar las viñas de Monselice y hasta los monumentos de la cercana Padua con la visita casi obligada a la tumba de San Antonio. Los padres son los de Joâo Almeida, que desde el martes están en Italia, animando en la distancia al hijo que lleva con orgullo la maglia rosa del Giro y que pelea, no solo por ella, sino por las etapas como si no hubiera mañana, porque en ciclismo, a veces, el mañana no importa.

Almeida solo tiene 22 años pero se ha propuesto demostrar, como hizo su contemporáneo Tadej Pogacar que los demás son todos unos viejos y hasta utilizar expresiones tan de moda entre los chavales como la que diría que vestir el jersey rosa es de guapos. Y de guapos va el asunto cuando Almeida acelera en cotas que no son puertos pero queman las piernas, donde se cortan los que aman el esprint y hasta sueñan con un triunfo en una ciudad del Véneto llamada Monselice y que es patria de buenos vinos.

El duelo de Peter Sagan para tratar de cortar a Arnaud Démare queda en vía muerta cuando el ciclista eslovaco se queda rezagado. Es el instante para fijarse en Almeida.

Actúa, acelera y casi ataca. Sufren todos detrás, como Vincenzo Nibali o Wilco Kelderman y también Pello Bilbao. Todos preferirían ir más tranquilos y a rueda, dejando la gloria del día a los velocistas si salvan los dos empinados obstáculos que aparecen en los últimos 30 kilómetros de 13ª etapa.

¡Qué va! Almeida tiene la arrogancia de la dulce juventud, la que ni se corta ni tiene miedo, la que exhibió Remco Evenepoel antes de precipitarse por un puente en la vecina Lombardía. Y, por supuesto, Pogacar cuando tumbó a Primoz Roglic en la inolvidable subida a la Planche des Belles Filles.

Los padres de Almeida debían sentirse orgullosos de su hijo cuando apenas se quedaron 16 delante con una bajada y una decena de kilómetros de llano y viñedos hasta la meta. Y ahí se le ve esprintando y buscando la victoria que se lleva Diego Ulissi para alcanzar la octava victoria de etapa personal en el Giro.

Recordó, salvando las diferencias, la famosa etapa de Lieja en el Tour de 1995, cuando Miguel Induráin se olvidó que al día siguiente había una contrarreloj y puso el Tour en ebullición con un demarraje de leyenda. Almeida, él y todos, se preparan para un fin de semana, que debe ser determinante, en un Giro en el que, todo hay que decirlo, se encuentra huérfano de ataques de solera y casi han pasado dos semanas de competición. Almeida es la prueba. Es la maglia rosa gracias a su extraordinaria contrarreloj inaugural en Palermo. Mañana repite en la misma especialidad, a un día de alta montaña, en Piancavallo, no muy lejos de Venecia. Allí, sí o sí, debe haber ataques. Allí, sí o sí, se verá si los padres de Almeida, que pase lo que pase seguirán orgullosos del hijo,tienen motivos para también aplaudirlo.

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