¿Por qué los nativos digitales son la primera generación de jóvenes menos inteligentes que sus padres?

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Michel Desmurget, un competente neurocientífico director de investigación en el Instituto de Salud de Francia, acaba de publicar a finales de octubre un trabajo desolador. Y su libro se titula, «La fábrica de cretinos digitales».

Tras revisar numerosas publicaciones y realizar una extensa recopilación de datos sobre la relación entre la inteligencia de los jóvenes y su uso de los dispositivos electrónicos, comprueba que, como media, los adolescentes nativos digitales son significativamente menos inteligentes que sus padres no digitales.

También se cumple que mientras más horas pasan conectados a dispositivos digitales, peores puntuaciones obtienen en los test de inteligencia.

En realidad, el problema no está en que los niños y adolescentes se conecten a dispositivos electrónicos, que pueden ser excelentes herramientas para el aprendizaje, sino en el uso que mayoritariamente hacen de ellos. Casi siempre se sienten más atraídos por las aplicaciones recreativas más empobrecedoras, basadas en una recompensa rápida y sencilla.

Numerosos expertos en psicología evolutiva sostienen que desde la revolución industrial, la continuada mejora de la alimentación, la salud, las condiciones de vida y la educación tiene su reflejo en la inteligencia. Así, durante las últimas generaciones los hijos han sido, como media, un poco más inteligentes que sus padres. A esta tendencia se le conoce como el «Efecto Flynn» en honor a su descubridor.

Eso es el progreso.

Desafortunadamente, la actual generación de adolescentes más «enganchados» a los dispositivos digitales obtienen en los test de inteligencia una puntuación significativamente menor que la de sus padres.

¿Cómo podemos medir la inteligencia de una persona?

El tema de la medida de la inteligencia tiene una larga y controvertida historia.

A principios del siglo XX, al médico francés Alfred Binet le asombró la extraordinaria diversidad que había entre los niños: morenos, rubios, altos, bajos… Esa diversidad no era tan solo física. Había niños que aprendían rápido. A otros les costaba más. A unos se les daban bien las matemáticas mientras que otros eran incapaces de entender una operación algebraica, unos tenían facilidad para los idiomas y otros no, unos eran hábiles con los trabajos manuales y otros no tanto. Un niño podía ser muy bueno en física, pero una nulidad en lengua.

Tras estudiar en detalle el tema, en 1905 Binet ideó un test que diagnosticaba a los pequeños con más dificultades para aprender en determinados campos. Para Binet estos niños necesitarían más esfuerzo en educación y que los mejores maestros les ayudasen en las cosas que se les daban peor. De este modo compensarían su dificultad para aprender.

El trabajo de Alfred Binet abrió el camino a un tema complicado: la medida de la inteligencia.

Se trata de un problema muy complejo.

En varias ocasiones se emplearon falsas medidas de la inteligencia, obtenidas con escaso rigor y sin aplicar el método científico, para demostrar prejuicios raciales y de género (por ejemplo, «demostrar» que los blancos son más inteligentes que los negros o los hombres más inteligentes que las mujeres; incluso hay trabajos «patrióticos» probando que los alemanes son más inteligentes que los franceses, y otros en el sentido contrario).

En la controvertida historia de la medida de la inteligencia podemos encontrar innumerables abusos, errores y falsificaciones escandalosas que desprestigiaron el tema.

Sin embargo, durante las últimas décadas miles de personas han realizado un trabajo excelente para medir con rigor algunos de los componentes de la inteligencia (por ejemplo, la capacidad matemática, la capacidad espacial o la capacidad verbal). Para ello se utilizan numerosos procedimientos como test estandarizados, observación directa, estudios de correlación, etc.

Por ejemplo, en los test de inteligencia se miden componentes de la inteligencia como la memoria, la habilidad lingüística o la concepción espacial. En los estudios observacionales se analiza la forma en que los niños se enfrentan a problemas imprevistos. Los análisis de correlación estudian en qué medida los resultados de los test de inteligencia son capaces de predecir el rendimiento escolar.

Gracias a estos estudios tan numerosos, hoy en día las estimaciones de la inteligencia funcionan bien: son ‘repetitibles’ (de repetitivos), reproducibles y predictivos. Una misma persona obtiene resultados similares en distintas repeticiones de los test hechas por distintos observadores. Los test de inteligencia también aciertan prediciendo el rendimiento escolar y el éxito académico de las personas.

Durante las últimas 5 décadas se han hecho los mismos test de inteligencia a miles de millones de personas. Los valores medios de tal cantidad de datos son una estimación muy rigurosa de la realidad. El haber acumulado tantísimos millones de datos con test ‘repetitibles’ y reproducibles, tiene un enorme valor para observar tendencias.

Analizando los datos de miles de millones de test de inteligencia se encontró una tendencia muy marcada: A medida que pasa el tiempo, como media, los niños son cada vez más inteligentes (o, si se quiere ser más rigurosos, obtienen puntuaciones más altas en los mismos test de inteligencia).

A los niños cada vez se les hace más caso. Su alimentación es mejor. La salud infantil progresa cada vez más. También se da mucha más importancia a la educación.

Un ejemplo: muchos de los que ahora tenemos 60 años o más fuimos al colegio por primera vez a los 7 años. En el colegio tomamos suplementos lácteos provenientes de una ayuda norteamericana para combatir los efectos de la desnutrición y el raquitismo. Sufrimos un montón de enfermedades infecciosas como el sarampión, las paperas, la rubeola, etc. para las que no había vacuna. Estuvimos expuestos a tóxicos como el DDT que se nos aplicaba directamente en el pelo para combatir los piojos. No es de extrañar que la inteligencia aumente a medida que mejoran tan significativamente las condiciones de vida.

Se predijo que en los grupos sociales de países avanzados cuyas condiciones de vida son excelentes y llevan manteniéndose así durante décadas, el «efecto Flynn» desaparecería. Se llegaría a un punto en el que las condiciones de vida y la educación no pueden mejorar más y la inteligencia alcanzaría su máximo desarrollo. Entonces como media los hijos empatarían con sus padres en las puntuaciones de los test de inteligencia.

Por eso resultan tan preocupante que desde hace poco la tendencia hacia el incremento de la inteligencia se haya invertido. Por primera vez en décadas (y probablemente en siglos) buena parte de la actual generación de niños es significativamente menos inteligente que sus padres.

Ante una tendencia tan desastrosa se han hecho ingentes esfuerzos por encontrar las causas. Los resultados son desoladores. Numerosas investigaciones han comprobado que mientras más tiempo pasa un niño o adolescente ante una pantalla con fines recreativos mayor es el retraso en la maduración funcional de su cerebro.

Se demostró que la capacidad de concentración, la memoria, la capacidad lingüística y la cultura son significativamente menores cuanto más tiempo se pasa disfrutando del ocio ante un dispositivo electrónico. Así mismo se comprobó que el trabajo intelectual, la lectura, la música y el arte forman una estructura mental más rigurosa que la que se obtiene en las pantallas recreativas El tiempo que los niños y adolescentes pasan jugando en ordenadores retrasa su maduración y reduce su capacidad de razonamiento.

Además, se han encontrado otra serie de problemas asociados al abuso de pantallas recreativas. A menudo causan alteraciones de sueño, lo que tiene graves consecuencias en el desarrollo de los jóvenes. También producen trastornos de atención y de concentración. Algunos juegos favorecen la agresividad y los comportamientos impulsivos. Y casi todos promueven el sedentarismo a una edad muy temprana.

El propio Michel Desmurget, que se encuentra promocionando el lanzamiento de su libro, ha manifestado a diferentes medios:

«Todavía no podemos determinar el papel específico de algunos factores, como podría sert por ejemplo la contaminación, en lo que se refiere a la exposición temprana a pesticidas que sufren nuestros jóvenes, o la exposición a las pantallas… Lo que sabemos con seguridad es que incluso si el tiempo que un niño pasa frente a una pantalla no es el único culpable, tiene un efecto importante en el coeficiente intelectual».

Y añade: «varios estudios han demostrado que cuando aumenta el uso de la televisión o los videojuegos, el coeficiente intelectual y el desarrollo cognitivo disminuyen. Los principales fundamentos de nuestra inteligencia se ven afectados, y en última instancia, estos impactos conducen a una caída significativa en el rendimiento académico».

En cuanto a las causas, también están claramente identificadas. Porque «se produce una disminución en la calidad y cantidad de interacciones intrafamiliares, que son fundamentales para el desarrollo del lenguaje y el desarrollo emocional. También se reduce el tiempo dedicado a otras actividades más enriquecedoras. Y hasta provoca una sobreestimulación de la atención, que conduce a trastornos de concentración, aprendizaje e impulsividad».

En cuanto al cerebro, continúa Desmurget, «necesita de la experiencia. El mundo en el que vivimos modifica su estructura y su funcionamiento. Algunas regiones del cerebro se especializan, algunas redes se crean y se fortalecen, otras se pierden… unas se vuelven más gruesas y otras más delgadas. Se ha observado que el tiempo que se pasa ante una pantalla por motivos recreativos retrasa la maduración anatómica y funcional del cerebro dentro de diversas redes cognitivas relacionadas con el lenguaje y la atención.»

Ante un problema tan grave muchos expertos son tajantes: nada de pantallas por la mañana antes de ir al colegio. Nada de pantallas desde un buen rato antes de irse a la cama para no tener trastornos de sueño. Nunca tener pantallas en el dormitorio.

Ante un problema tan grave muchos expertos son tajantes: nada de pantallas por la mañana antes de ir al colegio. Nada de pantallas desde un buen rato antes de irse a la cama para no tener trastornos de sueño. Nunca tener pantallas en el dormitorio.

Parece imposible de cumplir.

Sin embargo, diversos países asiáticos lo consideran un problema tan grande que ya han legislado sobre ello de forma drástica. Sus legislaciones consideran que permitir el uso excesivo de pantallas a los niños es una forma de abuso infantil.

Taiwán impone fuertes castigos a los padres que no limitan el uso de pantallas a sus hijos hasta los 18 años. En China está rigurosamente prohibido que los niños y adolescentes jueguen con dispositivos digitales entre las 10 de la noche y las 8 de la mañana. Solo pueden utilizar estos dispositivos un máximo de hora y media durante la semana y de 3 horas el fin de semana.

Ante un problema tan grave deberíamos tomar medidas urgentes.

Nos jugamos un futuro que cada vez parece más incierto.

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